VIAJE A DEDO

Por:  Germán Bielefeldt V.

                Hace algunos meses participé en el concurso literario de cuentos, organizado por una importante cadena de periódicos regionales.  Probablemente, otros escritores más expertos que yo habrán ganado el evento, por tal razón, deseo compartir esta pequeña historia de la vida real. Debo advertir, que los hechos fueron tal cual se narran, pero cambié algunos detalles, de modo que el ajedrez no aparezca como tema central (Chessman no quería seguir en la misma onda).  Espero les guste.

 

En 1986 el clima veraniego fue muy benigno, lo que permitió que pudiera desarrollar múltiples actividades al aire libre.

Como siempre sucede, el verano transcurre muy rápido y por lógica consecuencia, las vacaciones también.  Tras un duro año en la universidad, el descanso estival viene bien a cualquier estudiante y por supuesto que no dejé pasar momento grato alguno.

Una de las actividades que más gusta a los jóvenes, es cargar su mochila y partir a recorrer hermosos parajes viajando “a dedo”.  Es curioso, pero esa forma de viajar nunca me atrajo y aun cuando en etapa escolar fui “niño explorador”, jamás tuve mi propia mochila.

En el sur de Chile, existen bellos paisajes y hermosas localidades.  Una de ellas, es el balneario lacustre de Frutillar, que por aquella época estaba considerado como dentro de los “top”, es decir, todavía no se contaminaba con el auge de los minibuses y estar allí era realmente agradable, un lugar seguro y limpio.

     Con mi compadre Carlos y su familia, decidimos pasar el día allí, por lo cual, muy temprano partimos al terminal para tomar el habitual “Varmontt” de esos años.  Sin embargo, mientras caminábamos raudos al rodoviario, a Carlos se le ocurre, lo que a mi juicio, era una idea descabellada.

-       Las mujeres y niños se van en bus, mi compadre y yo a dedo.

-       Pero, ¡a dedo!, ¿Te volviste loco o qué? – protesté de inmediato.

-       ¡Si, a dedo! – replicó Carlos- así ahorramos plata y nos alcanza para algo más.

 La decisión estaba tomada y emprendimos el rumbo, a pié, hasta la carretera.  Tras apenas cinco minutos de espera se detiene un vehículo y nos lleva más al sur.

-       Ésta si que es suerte –le comenté a Carlos- nos llevan de inmediato.

-       No cantes victoria, es que este “gallo” es mi primo y sólo llegará hasta el cruce Río Negro –fue su repuesta.

Efectivamente, así fue no más la cosa, en río Negro bajamos del auto y realmente comenzamos a hacer dedo.  Al cabo de una hora ya estábamos aburridos esperando y el sol comenzaba a calentar demasiado.

Tras otro rato, ya no aguantamos más y abordamos un bus hasta nuestro destino. 

Como los buses sólo llegan a Frutillar Alto, hicimos dedo hacia el lago donde finalmente llegamos como al mediodía.

Allí nos esperaba mi comadre, sus hijos, la comida y las cervezas.  Carlos, un descendiente de alemanes, es cervecero y sin el “néctar de los dioses”, como le decía de cariño al licor de la cebada, no va a ningún lado.

La tarde transcurrió tranquila en medio de la gente, la grandiosidad de la playa, las aguas del gran lago Llanquihue y las actividades deportivas de verano.  Ese año, se inauguró en el balneario, un ajedrez gigante frente a la Municipalidad y, aprovechando mis conocimientos en este juego, pasé un buen tiempo viendo como los argentinos se las daban de campeones antes los incrédulos ojo s de los chilenos, quienes, al parecer, bien poco sabían de esta disciplina.

-       Debo hacer algo por mi patria –me dije- estos “che” no pueden venir a “florearse” aquí.

Al cabo de una hora, le ganaba a dos turistas transandinos y hasta algunos aplausos logré del público apostado junto al tablero.

Tipo siete de la tarde, era la hora del regreso.  Sin embargo, ya me había percatado que el campeón chileno de ajedrez, Roberto Cifuentes, había sido contratado por el municipio para que haga actividades de difusión del juego ciencia, y que, en un rato más ofrecería una simultánea.

Esta vez fui yo quien sugirió:

-       Las mujeres y niños en bus y nosotros nos vamos más tarde.

Carlos le pasó los últimos pesos a su mujer y decidió acompañarme.  Obviamente que él se dio cuenta que yo tenía ganas de jugar contra Cifuentes y como también le gustaba algo el ajedrez, se quedó sin reclamar.  Lo que él no sabía y yo tampoco, es que en realidad no teníamos dinero suficiente para volver a Osorno y pensamos que a dedo llegaríamos igual.

Ya en la simultánea, la cosa estuvo entretenida, una veintena de jugadores, casi todos extranjeros.  El campeón no tuvo problemas para ganarles a todos, incluso a nosotros.

La actividad llegó a su fin con los últimos rayos del día y nos vino como un relajo, hacer dedo, ya casi de noche, no era muy atrayente, por lo cual decidimos pasar la noche en la playa con la escasa comida que nos dejaron y nuestras modestas toallas playeras que servirían de frazadas.

Francamente, la decisión no fue buena, la noche estuvo un poco helada, la arena era incomoda para dormir y el hambre pronto nos abrazó.

-       Tenemos dos opciones –dijo Carlos- la plata alcanza para comprar una caja de vino o un paquete de cigarrillos.

-       El vino para el frío o los cigarrillos para el hambre- le contesté.

-       Trago sin comida es complicado –replicó mi compadre.

-       Entonces los “puchos” están bien –fue mi decisión.

La noche se hizo larga, muchas caminatas y varios cigarrillos, hasta que finalmente amaneció.  Temprano partimos a Frutillar Alto a hacer dedo, pero nadie nos quiso llevar.

Cerca nuestro, unas hermosas “lolas”, apenas estuvieron un rato paradas junto al camino y, de pronto, ya estaban arriba de un vehículo.  Con Carlos nos comenzamos a preocupar y le propuse que había que pedirle dinero prestado a Cifuentes para volver en bus a Osorno.   En realidad no nos quedaba otra alternativa, no conocíamos a nadie, así que emprendimos el regreso.  Una vez más, a “pata” con nuestro bolsito de viaje, recorrimos los cuatro kilómetros que separan al lago, hasta que dimos con Roberto.

Cifuentes no nos ubicaba, pero le plantemos el asunto.  Yo pensaba que no tendría porqué prestarnos plata pero;

-       A la tarde, jueguen la simultánea y si no le gano a algunos de ustedes, les presto el “billete” –fue su sorprendente respuesta.

-       Es que queremos irnos ahora –le respondí- además tenemos mucha hambre.

La verdad, su respuesta era mejor que nada y después de todo, el tipo no fue desconsiderado.

Finalmente llegó la hora del encuentro deportivo, casi deshidratados y con un apetito voraz, Carlos y yo le jugamos al campeón, cada uno en su tablero.  Mi compadre era un “diamante en bruto” para el ajedrez y, en su desesperación por volver a Osorno, jugó la mejor partida de su vida hasta conseguir un brillante empate.  Por mi parte, no ofrecí mayor resistencia, no estaba en condicione de pensar, y aunque el campeón me dio dos oportunidades, nada pude hacer.

Hasta hoy, no sé si Roberto jugó en serio con Carlos o le regaló el empate para pasarnos el dinero, pero lo cierto es que, al repasar la partida, parece que fue casi en serio.

Con el dinero en la mano, pudimos llegar finalmente a nuestros hogares y devorar cuanto pan había e ingerir unos dos litros de refresco “Caricia”.

De esta experiencia aprendí algo, nunca más viajar a dedo.